De nuevo me dispongo a contaros un poco más, si la conexión lo permite, aunque voy a abreviar, ya que tengo que narrar las impresiones de hace dos semanas y se me van olvidando.
Después de levantarme a las 5.30 a.m. sin esfuerzo, ya que aquí amanece a esas horas, tuve que afrontar mi primer gran atasco. Dos horas y diez minutos en recorrer los 15 km que separan la Villa de la embajada. Eso sí, he de reconocer que en ningún momento se me hizo largo, ya que el panorama era, (y sigue siendo), interesantísimo. La ciudad, de más de cuatro millones de personas, está a esas horas completamente viva. Uno se encuentra, aparte del tráfico, a una multitud de personas dirigiéndose a sus tareas diarias. Vendedores de todo tipo de productos entre los coches, (saben aprovechar el "engarrafamento"), señoras portando sobre sus cabezas desde cubos de agua hasta ropa, pasando por fruta y demás, con una agilidad increible, niños de camino al colegio...
Una vez llegado a las oficinas de la Embajada, me encontré un panorama asombroso. Éstas se encuentran en la bahía, con unas vistas preciosas, pero se trata de un edificio antiguo, que necesita una urgente remodelación.
En el trabajo somos en estos momentos cinco funcionarios y ocho contratados angoleños, y nos encontramos a la espera de que nombren al nuevo embajador.
El retorno a la villa a las 3.30 volvió a ser un nuevo "engarrafamento", aunque esta vez en una hora y cuarto se pudo hacer. (He de decir que lo de las dos horas no ha vuelto a suceder, siendo lo normal una y cuarto).
Y bueno, me encontré que al día siguiente tenía otro convite, ya que se celebraba la semana cultural de España en Angola y como plato fuerte actuaba un cantante flamenco llamado El Macareno.
Pero eso ya es otro día que relataré próximamente.
Hasta otra y prometo poner fotos cuando pueda.
viernes, 31 de octubre de 2008
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